Nosotros contra ellos
Cap. 8
Estaba demasiado cansado para que aquello me importara. Como todas las habitaciones de la vieja vivienda, el dormitorio de mi madre era pequeño. La cama conservaba aún el calor del día y me metí desnudo bajo una sábana en la fosa que el peso de mi madre había formado en el colchón. La oscuridad fue total cuando apagué la lámpara de la mesita de noche. La almohada olía al pelo de mi madre, un olor dulzón a tierra que me hacía evocar otros tiempos, la época en que aún no había cumplido los veinte y suspiraba por marcharme.
Sí, me marché. Me marché cuando aún no había cumplido los veinte. La literatura tiró de mi. London, Dreiser, Sherwood Anderson, Thomas Wolfe, Hemingway, Fitzgerald, Silone, Hamsun, Steinbeck. Atrapado y atrincherado frente a la oscuridad y la soledad del valle, solía sentarme con libros de la biblioteca amontonados en la mesa de la cocina, desolado, escuchando la llamada de las voces de los libros, sediento de otros lugares.
Estaba harto de jugar al billar y al póquer y de decir sandeces delante de una cerveza, de irme por ahí, a la soledad de los huertos, con un grupo de tios y tias, de dar zarpazos torpes a faldas y bragas, de dar zarpazos en vano. Las mujeres eran atractivas pero difíciles y a los diecinueve años se lesionan fácilmente los sentimientos; uno pensaba que las mujeres eran dulces y complacientes, pero ve que reaccionan como gatas rabiosas; se busca consuelo en las putas, que engañan menos, y con un poco de suerte, se aprende a leer.
El cabrón de mi viejo volvía a casa apestando a vino y gritaba apaga la luz, vete a la cama, qué coño te has creído, porque los libros eran una droga, mi adicción era alarmante y yo ya no parecía su hijo. Busca trabajo, decía, haz algo útil como él. Incluso el personal de los billares notó el cambio. Ya no podíamos hablar como antes.
Busqué trabajo. Recogí almendra. Fui a la vendimia. Trabajé en los campos de lúpulo. Llegaron las lluvias, los campos se inundaron, fue imposible trabajar, gracias a Dios, y volví a la cocina, a seguir leyendo libros. Pensaban que estaba enfermo, tenía los ojos enrojecidos, la mirada perdida, mi madre me tocaba la frente:¿Estás bien Henry? Creo que tienes gripe.
Que vaya al médico, decía mi padre. Asi sabremos lo que le pasa. ¿Qué va a ser de ti? ¿Quién cuidara de tu madre cuando yo me muera? No se gana un jornal leyendo libros. ¡Vete de aquí! Estamos en guerra. Alístate. Ve a San Francisco. Enrólate en un barco. Gánate la vida. Sé un hombre. ¿Sabes lo que es un hombre? Un hombre trabaja. Suda. Cava. Martillea. Construye. Gana unos dólares y los guarda. Mira quién fue a hablar, repliqué con sorna.
Pero era inútil discutir con aquel macarróni trotacalles, aquel palurdini de baja cuna, aquel patán de los Abruzos, aquel pisamierda, aquel chupaaceras. ¿Qué sabía él? ¿Qué había leído?
Porque yo estaba bien. Tenía intereses. Una idea nueva del mundo exterior a San Elmo y a la televisión que me inflamaba, me sacudía y me disparaba la adrenalina. ¿Por qué no me había dado cuenta antes? ¿Dónde había estado yo todos esos años? ¿Esforzándome por transportar un capazo, lleno de argamasa? ¿Quién me había embotado el cerebro, había puesto los libros fuera de mi alcance, sin hacerles caso y despreciándolos? Mi viejo. Su ignorancia, la anarquía de vivir bajo su mismo techo, sus sermones, sus amenazas, su avaricia, sus intimidaciones, su pasión por el juego. En navidad sin dinero. Al terminar el bachillerato un traje. Deudas, deudas. Dejamos de hablarnos. Un día nos cruzamos por la calle, al atravesar las vías del tren. Dio unos pasos más, se detuvo y se echó a reír. Me volví. Me señaló con el dedo y rió. Hizo como que leía un libro y siguió riendo. No reía de alegría. Reía de cólera, de frustración y desprecio.
Y entonces sucedió. Una noche que la lluvia golpeaba el inclinado techo de la cocina se introdujo en mi vida un espíritu grandioso. Tenía el libro en las manos y temblaba mientras me hablaba del hombre y el mundo, del amor y la sabiduría, del dolor y la culpa, y supe que yo ya no podía ser el de antes. El espíritu se llamaba Fiódor Mijáilovich Dostoievski. Sabía más de padres e hijos que ningún hombre en el mundo, y de hermanos, de curas, de delincuentes, de la culpa y la inocencia. Dostoievski me tranformó. El idiota, Los endemoniados, Los hermanos Karamazov, El jugador. Me cambió radicalmente. Descubrí que respiraba, que veía horizontes invisibles. El odio por mi padre desapareció. Amé a mi padre, aquel pobre diablo, resentido y obsesionado. También amé a mi madre y a toda mi familia. Había llegado el momento de ser hombre, de irse de San Elmo, de entrar en el mundo. Quería pensar y sentir como Dostoievski. Quería escribir.
La semana anterior a mi partida me llamaron de la oficina de reclutamiento de Sacramento para someterme a un reconocimiento médico. Acudí contento. Otro que no fuera yo podría tomar las decisiones en mi lugar. El ejército me rechazó. Tenía asma. Inflamación en los bronquios.
- No es nada. Lo he tenido siempre.
- Vaya a ver al médico.
Encontré la información que necesitaba en un libro de medicina de la biblioteca pública. ¿Era mortal el asma? Podía serlo. Pues que lo fuese. Dostoievski era epiléptico, yo era asmático. Para escribir bien un hombre tiene que tener una afección mortal. Era la única forma de afrontar la presencia de la muerte.
John Fante - La hermandad de la uva




